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Galicia la hechicera

 

Publicado en También contamos. 2003

Por Cristina María Menéndez Maldonado

«Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre si este hervor y este abrigo, y se regocija.»(La Fraga de Cecebre; “El Bosque Animando”, W. Fernandez Florez) 

El embrujo que Galicia ejerce en el viajero va más allá de sus bellos paisajes, de sus castros y las ruinas que conservan la historia de sus primeros pobladores. Su hechizo nos cobija en el calor de la lumbre,  y sus historias y leyendas nos transportan a un lugar de ninfas, espíritus y meigas que el conjuro de la queimada rememora en su fuego purificador. Es el momento de caminar a través de sus bosques, en los que las huellas de un pasado teñido de misterios, nos hace saborear el “embruxamento” que los antiguos celtas, (pobladores de  las tierras gallegas),  nos dejaron como herencia de siglos. Entonces, cuando dormidos en sus leyendas reposamos un instante, (como dicen que ya lo hiciese Dios cuando descansó su mano sobre Galicia, creando con la huella de sus dedos la belleza de las rías),  el olor y el sabor de este hechizo se hace más intenso,  y las supersticiones,  que aún perviven como tradición o respetuosa magia,  se hacen cómplices de nuestros sentidos…En verdad, Galicia nos ha hechizado.

Han hecho falta muchos siglos para que la mezcla de religión, costumbres e historia,  hiciesen llegar a nuestros oídos toda la magia de las leyendas. Las supersticiones  aún en nuestros días, recogen las inquietudes de aquellos que antaño conjuraban a sus dioses y que influyeron para siempre en la mentalidad gallega. De ese modo se erigieron templos a Júpiter en el monte Candamio y en el Pico Sacro, que convivieron con las creencias célticas. Y es precisamente la historia de los Celtas y sus tradiciones, la que ha impulsado con más vigor la superstición en Galicia como una moda atemporal, el sello de su pasado. Es en sus creencias en las que hallamos las raices de las fabulas que suelen contarse ante el fuego del hogar.“Decían los celtas que en las lindes de Galicia existía un sagrado bosque repleto de oro, que sólo cuando el sol hendía la tierra y lo ponía al descubierto era posible hacerse su dueño, ya que les estaba prohibido tocar el suelo con hierro.” (He aquí su predilección por el astro rey al que adoraban en la Torre de Crum, fundada por Hércules.) También sus dioses de la guerra Neith y Bandía, ocupaban un lugar privilegiado en el elenco de divinidades celtas. En forma de bellos cisnes solían posarse en los campos de batalla decidiendo la suerte de los combatientes; su victoria o su derrota. Había dioses para los comerciantes (Greyón) y dioses como Hermes, que conducía a las almas a su destino más allá de la muerte, a los infiernos, lugar del que sólo otro dios llamado Hades, era capaz de liberarlos.

Junto a los celtas también los Fenicios dejaron su huella, y la creencia de que el universo se asentaba en tres pilares: El tiempo, el deseo y la Sombra. Es en las costumbres, en los que se asientan tradiciones tan importantes en Galicia como la “Noche de San Juan”. Por entonces los Fenicios solían encender hogueras en honor de su dios Melcarte, (emblema que siempre presidía sus navegaciones) y cuya fiesta los Griegos y Romanos retomarían tiempo después, dando lugar a las famosas hogueras de San Juan que conocemos. Aún hoy los aldeanos antes  de romper el alba, suelen  dejar cuencos llenos de agua y yerbas aromáticas, quedando bendecida la mezcla por los vientos nocturnos de San Juan,  que refrescará sus rostros al día siguiente, librándoles de todo mal. También de tradición fenicia es una hermosa fábula que relata que el río Letre, (uno de los ríos del infierno) tenía el don de hacer olvidar a todos cuantos bebían de sus aguas…

Otros pueblos como los godos alimentaron la creencia en duendes,  padres de los trasnos y espíritus de los bosques, que hoy perviven en las creencias gallegas como graciosas criaturas de cuentos infantiles. También en el siglo V, los  suevos, vándalos y alanos trajeron consigo la creencia en tesoros ocultos. Es en este último mito en el que el libro “O Ciprianillo sustenta su magia. Dicen los gallegos que tan fantástica edición (aún no hallada), unida a la hierba “Da cabra” (que crece a contracorriente en las orillas de los ríos), constituyen una unión mágica que permite sacar a la luz los ocultos tesoros de los castros,  fielmente custodiados por poderosos espíritus… Estas y otras leyendas embriagan los sentidos con su magia de siglos, y llegamos a creer con la fidelidad de un niño,  que los bosques y el murmullo del viento ocultan a las criaturas mitológicas que pueblan las leyendas gallegas.

La Edad Media también supuso un largo periodo en el que la superstición se vio impulsada bajo diferentes  formas.  El culto a los árboles, a las fuentes, inspiraron la creación de santuarios donde las fadas (hadas gallegas), tenían su hogar . Y las  hechiceras o “Chasaph” otorgaron el misterio y el sortilegio necesario para embrujar siglos de historia.Al márgen de los Inquisidores como el Dr. Quijano o el Dr. Carvajal que en no pocas ocasiones arrancaron a golpe de tortura confesiones de “supuestas brujas”,  existía  el convencimiento de que las meigas se congregaban siempre en el arenal del Coiro, cercano a Cangas, en lo que es conocido como las Arenas Gordas. En ese lugar enseñaban  sus artes mágicas a sus hijas (mientras recitaban un padrenuestro secreto que convertía en brujas a las mujeres) en la noche de San Juan, haciendo persistir sus embrujos generación tras generación. Los cruces de caminos también eran lugares predilectos para estas oscuras mujeres,  por lo que desde antaño las gentes colocaban los cruceiros en estos emplazamientos para espantarlas. Temían sus hechizos y el mal de ojo que pudieran derramar sobre cualquier pobre mortal,  aunque a menudo también les confiaban sus desengaños los corazones enamorados en busca de filtros de amor, o pócimas que avivasen la pasión de los casados.

El temor sin embargo pesaba más que la necesidad de remedios  y estas mujeres llamadas meigas, bruxas, lurpias o feiticeiras, eran apartadas de la sociedad  por los lugareños, que en no pocas ocasiones llenaban sus ventanas de plantas como el romero, el sauco, el hinojo o el laurel para ahuyentar cualquier embrujo. Incluso algunos autores señalan que los aldeanos solían colocar una escoba de pita junto a las puertas de sus casas para que la bruja, antes de entrar, se viese obligada a contar una a una las hebras, lo que a menudo le llevaba toda la noche. La piedra del hogar era el sitio indicado donde estas ocultaban sus ungüentos y pócimas mágicas. El mismo lugar donde el fuego aún hoy conjura a los espíritus para purificar el alma y el cuerpo en forma de sabrosa queimada. Es precisamente este sagrado ponche y su graciosa rima de vocablos gallegos, el que encierra una tradición  mágico-religiosa imborrable. Los malos espíritus, junto a las meigas hacedoras de feitizos (hechizos)y otras criaturas del lado oscuro, son desvinculados de su maligno poder y es el oficiante  el que remueve la mezcla mientras recita con voz cavernosa la oración liberadora, haciendo aspavientos que llenan de misterio las reuniones turísticas.

Los animales, las plantas y los astros eran motivo también de diferentes augurios. Así las velairiñas  o volvoretas (mariposas) eran consideradas cuando eran negras, como almas en busca de una oración que las librase del infierno;  mientras que las blancas,  eran aquellas ánimas que habían conseguido salir del purgatorio. Precisamente las ánimas en Galicia son motivo de gran respeto. Su afición por calentarse cerca de las brasas de la chimenea o “ladeira” hace que los lugareños jamás barran de noche la casa, pues sería como echar a estas almas cobijadas en el calor del hogar,  algo que sin duda traería mala suerte.El resoplido de los troncos al arder era presagio de tempestades, mientras que la dirección de las estrellas fugaces indicaba hacia donde se dirigirían los vientos al día siguiente. Venus entre todos los astros era el más apreciado. Los Gallegos lo llaman “Estela Panadeira” y cuando la serenidad de la noche lo muestra con todo su brillo, es presagio de abundancia de bienes.

También las  romerías forman parte del “hacer gallego” y en ellas se mezclan no sólo el misterio, la leyenda o la tradición de siglos, sino también la gastronomía como parte indisoluble del festejo popular. El Queso en Arzúa, la angula en Tui o el Pimiento en Padrón desbordan de música, color y sabor las tierras gallegas,  bañando con su alvariño las gargantas de los asistentes. Mención especial requiere  la romería de San Andrés de Teixido. Todos los 8 de septiembre sus acantilados y pendientes situados en el hermoso enclave del cabo de Ortegal,  ven un nutrido paso de gentes que sin duda saben bien lo que dice la tradición:  “A San Andrés de Teixido va de muerto el que no fue de vivo”. La pequeña ermita en honor de este santo recoge en cera, manos, pies, brazos, cabezas de los feligreses que quieren que el milagro ahuyente sus dolores con el simbolismo de sus ofrendas. Los romances que aún se conservan hablan de los sobrenatural como  parte de la vida del gallego.  Las fadas tantas veces dibujadas por el poeta en sus versos,  eran definidas como mujeres con poder especial. Las donas eran junto a los Mouros seres con apariencia humana aún sin serlo. A estos últimos se les atribuía la construcción de los dolmenes, puentes romanos y castros. Los trasnos o espíritus domésticos parecen ser los más rentables de esta historia de misterios,  ya que según dicen los más ancianos, a veces colaboran en las labores del hogar. De sus travesuras también dan buena cuenta los libros,  y pueden adoptar cualquier forma humana o animal.

Un sinfín de creencias perviven aún gracias a la tradición oral que sus gentes promulgaron desde un pasado remoto,  y la Santa Compaña no puede faltar en esta relación de criaturas y misterios. Esta es sin duda la más temida, y la que los gallegos nombran con respetuosa precaución. La interminable procesión de almas que a partir de las 12 de la noche recorre el bosque dejando olor a cera y viento, es algo que hace temblar. Al frente de tan espeluznante séquito siempre encontraremos un ser mortal, que con una cruz y un caldero lleno de agua bendita, recorrerá los bosques en busca de algún pecador incauto que le releve de tan desagradable cometido. Su paso entre las tinieblas de los bosques siempre es mal augurio porque anuncia una muerte próxima…Tan siniestra noticia puede manifestarse de dos modos, según cuentan algunos aldeanos. La primera en forma de visión,  cuando una persona ve pasar un cortejo fúnebre en el que el muerto es él mismo. Y otras,  el vivo siente necesidad de acudir a la iglesia de noche y se encuentra entre sorprendido y azorado, que asistentes y sacerdotes son personas fallecidas hace tiempo y que están oficiando  su funeral.  Así Galicia se revela mágica,  hechicera como la bella mujer que oculta sus misterios, las leyendas de su nombre, el pasado de los que un día acompañaron sus soles y que  llena de misterios, revela gota a gota sus fábulas con la divertida mueca del poeta o el investigador curioso en busca de lo inexplicable.

Así el clima, la belleza eterna de sus rías, el verdor de sus bosques y las tinieblas de sus noches arropadas de silencio,  invitan a soñar las historias que el rumor del viento murmura, cargado de embruxamentos… Sólo un instante para creer, creer como se creen las verdades y ser  hechizados eternamente por su sabor, por sus leyendas, por su gente.

 

 

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One comment

  1. te felicito por programa excelente



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