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El Orfebre

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 Publicado en la revista Verdemente. 2007

Cristina María Menéndez Maldonado

 Érase una vez un orfebre que vivía en una vieja tienda de joyas. Se pasaba las horas puliendo los metales, inventando en el torno nuevas formas. Ningún viandante solía reparar en su vieja tienda, estaba demasiado destartalada y los objetos se apilaban en el escaparate, arropados por el polvo, y más parecían restos inservibles que piezas únicas.

 Un día una niña de 10 años llamada María, entró en la tienda. Hacía mucho tiempo que le fascinaba aquel torno que era capaz de arrancar chispas maravillosas de luz y color a los objetos. Era muy tímida,  pero se prometió a sí misma que cuando cumpliese los 10 lo primero que haría sería visitar aquel lugar, hablar con el viejo Orfebre y preguntarle por los miles de tesoros que guardaba en las sucias vitrinas de su escaparate.

 — Buenos días Señor. –dijo María tímidamente.

 — Buenos días niña— dijo el Orfebre levantando ligeramente los ojos del torno.

 María no podía dejar de fascinarse con aquella pequeña hoguera.

 —Estoy buscando algo especial para mi cumpleaños— dijo la niña mientras sus ojos recorrían la penumbra de la tienda—Tiene que  ser un objeto muy  muy especial.

 —Veamos— dudó el anciano— Aquí sólo tenemos objetos especiales así que probablemente, te lleve mucho tiempo descubrir el que más se ajuste a tus gustos. Tómate todo el tiempo que necesites, puedes mirar cuanto quieras y preguntarme lo que quieras.

 — ¿De veras?— respondió la niña soñadora.— Nunca había estado en un lugar como este. En la mayoría de las tiendas siempre hay dependientes malhumorados que quieren que compres rápidamente. Eso me pone nerviosa y siempre escojo lo primero que veo sin reparar si es o no de mi gusto.

 —Es mejor que no te lleves nada si no estás segura. Escoger lo mejor para uno mismo siempre requiere tiempo y un profundo análisis de las posibilidades. Nunca te precipites, porque lo que elijas siempre tiene que haberte llegado al corazón. Mientras yo sigo trabajando con el torno, tú puedes abrir todos esos cajones. Encontrarás un trapo para limpiarlos sobre la mesa, hazlo con delicadeza y los objetos te mostrarán toda su  hermosura.

María comenzó por un  enorme cajón de madera que pesaba muchísimo por lo que tuvo que apoyarlo sobre un taburete, para poder mirar con detenimiento cada uno de los objetos que había en él.

Primero descubrió fascinada un enorme medallón tallado que al limpiarlo le regaló sus brillos

 — Es demasiado grande y pesado para mí— pensó—. Me conformo con contemplar la mezcla maravillosa del oro y la plata.

Después limpió las cucharas repujadas que pertenecían tal vez a un juego de té. Más tarde un pastillero, varios anillos y pulseras que recobraron con el viejo trapo, el brillo que un día tuvieron. Todos eran objetos hermosos y María estaba fascinada con ellos. Algunos estaban ocultos bajo una tela amarillenta, que conservaba aún los bordes almidonados. Parecían muestras rescatadas de un desastre, un museo olvidado nada más nacer.

 —Cuando termines con ese cajón puedes seguir con los dos del fondo.

 —Creo que no me dará tiempo a verlo todo—dijo María disgustada.

 —Puedes venir todas las veces que quieras. Hazme caso— dijo el orfebre—debes escoger con mimo, sin precipitarte, y eso lleva tiempo.

 —Si a usted no le importa, vendré después del colegio mañana— sonrió María, mientras sacaba otro de los cajones todavía más sorprendente que el anterior.

 En este halló una fila polvorienta de soldados de plata, colocados por categorías. Desde los sencillos soldados rasos, hasta los coroneles. Todos compartían el encierro de muchos años.

 —La vida es igual que esta tienda, María— le dijo el orfebre— Hay ideas brillantes que llegan a tu mente y a tu corazón para inspirarte. Nacen entre miles de chispas de colores y luego las guardamos en cajones escondidos, creyendo que las hemos olvidado para siempre. Pero después de un tiempo, cuando ya ni te acuerdas de lo que pensaste un día, inspirado por una idea brillante, alguien abre tus cajones, y te muestra, como tú has hecho hoy, todo lo que creías olvidado…

 —¿Por qué no coloca todos estos objetos maravillosos en las repisas?— le sugirió María— Con un poco de limpia cristales se podría preparar el escaparate. Si quiere yo lo podría colocar.

 —Tienes plena libertad para hacer lo que quieras—dijo el orfebre.

 María entonces comenzó su tarea. A medida que iba descubriendo y limpiando las piezas que hallaba en los cajones, las iba colocando en el escaparate. Casi le daba pena mostrar tantas cosas bellas, que seguro serían vendidas enseguida.

 Así surgieron pequeñas lámparas pulidas, anillos, marcos, estuches, plumas, espejos de todos los tamaños, colgantes y hasta una pipa con forma de sirena.

 Todos eran especiales y María no sabía por cual decidirse.

 Así pasaron más de 4 días. María llegaba puntual después del colegio y con entusiasmo descubría nuevos tesoros. Y es que los cajones y estantes parecían no tener fin.

A medida que iba preparando nuevos objetos, el orfebre recibía más y más compradores. María se alegraba, aunque veía con pesar, como iban desapareciendo los tesoros del orfebre…Así dijo adiós a la colección de soldados (a los que ya había puesto nombre). Echó de menos en especial a Pablo, el soldadito raso que colocó en avanzadilla. Era el más valiente y guapo de la colección. También se le saltó una lagrimilla cuando vio que una señora muy elegante compraba el colgante que descubrió el primer día.  Su primer tesoro—pensó.

 — ¿Usted cree que lo apreciarán?— le preguntó María al orfebre.

 — Probablemente lo expondrán en algún estante de sus casas, o tal vez lo lucirán alguna vez para ir al teatro, pero eso no debe preocuparte. Yo los creé, tú los rescataste de mi olvido, y ya serán para siempre nuestros tesoros, porque tú y yo hemos sido capaces de verlos con los ojos el alma.  Y mientras decía esto sacó de unos de sus bolsillos un pequeño atillo.

 —Es para ti—dijo el orfebre mientras María desataba el cordel que lo rodeaba con cuidado. Al verlo se sintió feliz… Era Pablo, el soldadito de plata. Ya nunca más le dejaría marchar. Emocionada se abrazó al orfebre. Para ella había sido el más especial de los regalos sin duda, aunque no se dio cuanta de ello hasta que lo vio perdido. –Gracias sollozó la pequeña.

 —Gracias a ti María—dijo el orfebre—Tú has sido capaz de leer en mi corazón el valor que para mi tenían estos objetos y les has dado la luz que necesitaban para que otros los comprasen. Yo estaba demasiado ocupado con mi torno como para exponerlos debidamente. Ahora puedo retirarme tranquilo a descansar. Antes sobrevivía con unas pocas reparaciones que me encargaba la gente, y sin embargo gracias a ti, he podido vender todo lo acumulado. Gracias otra vez María.

 El Orfebre  había creado todos aquellos objetos en su torno, había imaginado sus formas y María las había repasado con sus dedos, acariciando cada relieve. Los conocía tan bien como el mismo creador, y se prometió a si misma, que algún día, volvería a rescatarlos a todos, como esos viejos coleccionistas amantes de piezas únicas.

 EPÍLOGO 

 Su carita rosada parecía el de una muñeca. Apenas tenía 5 años, pero sus enormes ojos color caramelo y su media lengua lo preguntaban todo.

 —¿Qué es eso abuelita?

 —Mi cajón de los tesoros— dijo la abuela sonriendo.

 —¿Puedo mirar?

 —Claro pequeña. Pero tendrás que guardarme el secreto…

 —¡Ayvá!…Tienes muchos colgantes, sortijas…Y hay un soldado…

 —Se llama Pablo. Es el más especial de todos mis tesoros. Me lo regaló un viejo amigo mío. Algún día te contaré su historia…

 —Cuéntamela abuelita, cuéntamela.

 —Esta bien pequeña…”Érase una vez un orfebre…”

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3 comentarios

  1. hermoso relato 😀


  2. Concuerdo con Alejandra es un Relato realmente hermoso y original


  3. es muy hermoso y lo traslado a nuestra existencia tenemos tantos tesoros hablo metafóricamente es decir valores aptitudes inteligencia recuerdos de la niñez o de la juventud que en ese momento nos hicieron felices y me pregunto por que lo olvidamos en lo más profundo de nuestra mente y vivimos sin brillo o creemos no tenerlo pero eso es mentira todos tenemos brilló tanto que es suficiente para iluminar nuestra existencia doy gracias a este relato por que me ha permitido volver ha brillar



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